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Monday, December 5, 2011

Creer, ver y observar


Ayer fue un día lluvioso por aquí y nos tocó el ir al cumpleaños de mis queridas sobrinas-nietas, gemelas, en una ciudad a unos cien kilómetros al oeste de mi ciudad.
Escuchando hoy, durante mis ejercicios físicos cotidianos, las palabras de un gran amigo dominicano entre lo que mencionase el caso de autóctonos precolombinos en Sudamérica, los cuales mantenían la creencia de que el engendrar mellizos era producto de los demonios y por tanto los condenaban a la muerte. Es obviamente de gente muy retrograda el sacrificar a bebes considerándolos algo endemoniado, y hay que orar para que esa ignorancia no invada a nuestra avanzada civilización.
Lo de la lluvia fue ayer, el cumpleaños fue ayer y ahora, puesto que nacieron minutos aparte, una el 4 y la otra el 5 de diciembre hace tres años, y lo de la palabra fue hoy. En el tiempo, definitivamente está todo ligado.

Pero el punto al que pretendo llegar es de que hace unos cinco o seis años mi esposa y yo, vivíamos en esa ciudad a cien kilómetros al oeste y pues para ir y venir del trabajo, pues tomaba un bus interurbano, el cual hiciese exactamente el mismo recorrido, o por lo menos pasase por los mismos lugares por los que pasásemos ayer.
Resulta que hace esos años, en el trabajo había una señora de Rumanía, la cual había inmigrado recientemente y de la que su esposo, había sufrido la pérdida de su padre, en su país de origen.  El esposo había entonces, viajado a Rumanía al entierro de su padre y añadido a la tragedia, el esposo mismo sufrió un ataque de algún tipo y falleció en Rumanía. La esposa, la señora compañera de trabajo se vio entonces en la necesidad de viajar a su país a enterrar a su esposo. De esto puedo decir que mi conocimiento en el momento, era muy limitado.
Un día como ayer, lluvioso, pasando por el mismo recorrido, según lo explicado, y yendo el bus por la autopista principal que corre al lado de las rampas de aterrizaje del aeropuerto internacional de nuestra ciudad, pues pudimos notar que un avión, un jet de esos intercontinentales de fuselaje amplio, de tres plazas y dos corredores, pues había tenido un problema de cálculo y había excedido el límite de la rampa, cayendo a un pequeño valle al final de la pista, partiéndose en dos y como consecuencia estaba incendiándose y los pasajeros aterrorizados, vagaban en la poquísima visibilidad en la autopista, lo cual obligó al chofer de nuestro bus a detener el vehículo.
La policía, ya en el lugar, estaba frenéticamente tratando de organizar un poco el caos generado y a su vez tratando de salvar alguna vida. El incidente del avión, gracias a Dios, no había causado la pérdida de ninguna vida, pero el tráfico y la lluvia, desde luego podrían haber cambiado eso en cualquier momento. De tal manera que se solicito a nuestro bus, el cual estaba más o menos a la mitad de lleno, a que transportara a algunos pasajeros al aeropuerto para que se les tratase y se regresara un poco al orden.
Estaba yo sentado en el segundo asiento de la izquierda según se entra al bus y mientras que se pidió a los que pudiesen a que cambiasen sus asientos al fondo del vehículo para dejar disponibles los asientos a los pasajeros del avión,  tuve ciertos problemas para moverme de donde estaba, limitándome a dejar por lo menos un asiento libre a mi costado.
Resulta que esta señora sube al bus y directamente me mira y me llama por mi nombre. No la reconocí en el momento porque su pelo largo estaba mojado por la lluvia, pero reparé en que esa señora era mi compañera de trabajo la cual cargaba tanta tragedia y quien había estado regresando de Rumanía en el avión en cuestión en compañía de sus dos hijos, una chica de 16 años, la cual subía con ella el bus, y de su hijo de 31 años, del cual ella, en ese momento, desconocía su suerte.
Suerte, coincidencia, de todo se especuló en el momento y días después sobre el acontecimiento, que fue feliz en una parte, ya que no hubo pérdida de vidas debido al accidente, pero trágico en la vida de esta señora, la cual traía tanta carga emocional.
Cuantas veces nos encontramos en situaciones en las cuales queremos distraernos en pensar que es suerte la que lleva nuestras vidas por aquí o por allá, ignorando el plan de Dios y de como Él nos tiene siempre a su cuidado.
Qué golpe tan fuerte había ya sufrido esta señora con las pérdidas que había sufrido, y añadido a esto, el avión en el que finalmente estaba ya de regreso a su nueva casa, a empezar el resto de su vida, sufre un percance tan serio y a la vez, ella pierde trazo de su hijo mayor, el cual probablemente sería su soporte dada la pérdida de su esposo, y Dios la pone frente a alguien que le resulta conocido y a mí me da la oportunidad de ser útil, de ayuda de soporte si acaso, muy momentáneamente. ¡Qué regalo más grande puede uno recibir que la oportunidad de ayudar!
A Dios le agradezco que me diese la oportunidad de servir, de amar a mi prójimo, de dar soporte a esa señora en un momento de tanta necesidad y a su hija adolescente seguramente en mucha confusión debido a la cadena de tragedias que experimentaba su vida y su familia. ¡Gracias Señor!
La vida está aparentemente llena de coincidencias y nuestra tendencia es en darle crédito a la suerte, olvidándonos de Dios y su divina voluntad y a esa tendencia seguimos sumando irrealidades, sin reparar en lo simple que sería nuestra vida si nos dejáramos llevar solo por la verdad que Dios nos pone al frente. Dios le da un propósito a todo y nada es suerte o lo que se le parezca. Nuestra vida tiene un propósito y según mas recemos y nos concentremos en Dios, Él nos ayudará a reconocer ese propósito, en los eventos que nos rodean y en la circunstancias que experimentamos o presenciamos.
Varias veces había repasado el Nuevo Testamento y las Cartas de San Pablo, pero aún no me había  dado el tiempo de leer el Antiguo Testamento, y para que mi confesión sea completa, tampoco los Actos de los Apóstoles. Sin embargo, he empezado a leer la Biblia y el Antiguo Testamento, y cosa curiosa es que hoy, precisamente he pasado por el libro de Rut, el cual nos narra la tragedia de Noemí.
La vida no tiene pues coincidencias sino la voluntad de Dios que guía nuestro camino y nos pone la verdad a nuestra disposición para creer, ver y observar y asimismo actuar.