De: El aula de la Biblia
No
hace falta ser un genio para saber qué es pecado y qué no lo es. Una conciencia
recta lo distingue enseguida. Por ejemplo, matar a una persona es pecado, como
lo es estafar al prójimo, como lo es el adulterio, o la mentira, o aprovecharse
de la indigencia del prójimo para fines menos rectos, el insulto y menosprecio
a los propios padres, despreocuparse de las obligaciones en el trabajo, dejar
que la empresa se hunda y así llevar al paro a familias enteras, engañar en
pesos y medidas, prometer la luna para que voten por mí y después forrarse,
hablar mal del vecino y esparcir falsedades en el mercado, la prensa o la
televisión. La lista no acabaría nunca.
La
conciencia
La
conciencia recta lleva de algún modo el sello de la ley de Dios. Él la da a
todos para que sepan cómo comportarse. Es una voz que nos dice lo que está bien
y lo que está mal, que algo es justo y razonable o que va contra la razón,
contra la verdad, contra la convivencia entre las personas. Los Diez
Mandamientos de la Ley de Dios, ¿te acuerdas de ellos?, no son más que
una exposición de lo que dicta la recta conciencia.
De
un pecado a otro
Claro
que el pecado crea una facilidad para el pecado y engendra así lo que llamamos
vicio. Matas una vez y otra y otra y, al final, matar te parece tan normal.
Pregúntaselo a los pistoleros. Empiezas a decir mentiras y no acabas nunca, pero,
¡ay si te llaman mentiroso! Te aprovechas una y otra vez de la necesidad
de una persona y crees que puedes hacer uso de ella para satisfacer tu
soberbia, tu avaricia o tu lujuria. Luego mirarás a todas las personas con ojos
de soberbio, de trapichero y te creerás que todos son como tú, con patente de
corso para comportarte, ¿sabes cómo?, por instinto, a lo animal.
El
pantano de lodo
Pecar
es como entrar en un pantano de lodo donde el primer paso da igual, el segundo
sólo merece un ¡bah! y el último te revuelca en lo más bajo a donde puede
llegar un hombre. Te va a atenazar de tal manera que acabarás por justificarlo
diciendo que, bueno, da lo mismo y, además, soy libre, es mi derecho y hago lo
que quiero. La maldad del pecado te aparta de Dios y te hunde en el infierno.
Pecados
y pecados
Por
supuesto que hay pecados y pecados. No es lo mismo un acto de vejación contra
un pequeño que quedarse con las 200 monedas de cambio que el tendero te
ha dado de más. No es lo mismo la dejadez en la fe cristiana y ni mencionársela
a los hijos, mire usted, que hagan su propia experiencia, o ser alérgico a la
Misa, es que el domingo está hecho para descansar ¿no?, que ordenar a tu hijo
cuando va a abrir la puerta que diga que no estás.
Hay
una gran diferencia entre retener injustamente el salario al obrero y robar una
botella de whisky en la tienda. Todos sabemos que no dirigir la palabra
a un familiar o romper con él por meses y meses, porque, como tú dices, te ha
ultrajado sin razón alguna, no es lo mismo que echar una maldición al peatón
que cruza mal y casi cae bajo tus ruedas
Responsabilidad
Somos
responsables de nuestras propias acciones y omisiones y, también, de los
pecados cometidos por otros cuando cooperamos con ellos o los aconsejamos o
hacemos que los cometan. Lleva a tus hijos a una película picante y verás qué
ojos ponen. Seguro que los llevas para que conozcan, faltaría más, la realidad de
la vida y ahí los tienes ahora, bien corrompiditos, dignos vástagos de un
indigno padre. Dedícate a distribuir droga o pornografía, hasta que la sociedad
entera siga ese modelo que se aprende con tanta facilidad y tú nades en
la opulencia, que ya se ocuparán otros de desintoxicarlos. ¿No pagamos
impuestos para eso?
Pecados
sociales
Hay
situaciones que se pueden llamar pecados sociales. Por ejemplo, una sociedad
donde las cosas van de tal manera que los jóvenes no pueden encontrar trabajo
ni fundar un hogar; donde es imposible acceder a una vivienda o el paro es tan
grande que hay muchos que viven en la pobreza, mientras que otros hacen
negocios fantásticos, nadie sabe cómo ni a costa de quién, y derrochando
y viviendo ostentosamente. Son situaciones que claman al Cielo y de las
que Dios pedirá responsabilidades y no precisamente por insolidaridad social.
¿Quién
te puede librar del pecado?
Jesús
vino a librarnos del pecado y nos llama a dejarlo, a pedir perdón, reconociendo
con hombría que somos lo que somos: unos pobres
pecadores. Tenemos que pedir perdón por nuestros pecados y faltas. Si,
como el hijo pródigo, volvemos a Jesús y de verdad nos arrepentimos del mal que
hemos hecho, prometiendo hacer todo lo posible por evitarlo, Jesús sabe
perdonar. Por eso mismo le llamamos Salvador.
Repite
con humildad "Señor Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí que
soy un pobre pecador" y vete a confesar.